Aunque hoy el acero es sinónimo de modernidad, su historia en la construcción comenzó hace siglos, forjada entre hornos y martillos. Ya en el año 400 d.C., civilizaciones como la india creaban aleaciones resistentes, como el famoso Pilar de Hierro de Delhi, que aún permanece en pie.
Sin embargo, fue durante la Revolución Industrial cuando el acero dio su gran salto. La invención del convertidor Bessemer en 1856 permitió producir acero de forma masiva y económica. Esto revolucionó la arquitectura: estructuras más altas, resistentes y ligeras se volvieron posibles.
Uno de los primeros íconos fue el Puente Britannia en 1850, seguido por rascacielos como el Rand McNally Building en Chicago (1890), el primero con estructura completamente de acero.
Desde entonces, el acero no solo ha sostenido puentes y torres, sino también la evolución misma de la ingeniería. Su historia es la columna vertebral de la construcción moderna.

